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Periodismo y política
Sobre las relaciones entre periodismo y política se ha escrito mucho o poco, según cómo se mire. En realidad, se ha escrito bastante y vacuo; mejor habría sido poco y sustantivo. Pero bueno… Es lo que hay. Agreguemos algo más a este tema por cierto recurrente que alude a los nexos unitivos que, a nuestro juicio, hacen que la profesión de informar y el arte de ejercer el poder constituyan un arquetípico mixtil fori, esto es, dimensiones insanablemente inescindibles, lo cual no está ni bien ni mal: la realidad es así.
*** Hay una concepción acerca de las relaciones entre periodismo y política que pretende que esta última constituye una práctica social con entidad suficiente como para inficionar con sus vicios al periodismo, sedicentemente impoluto y virgen de corruptelas y de quebrantos morales. Es necesario, por ello, según esta opinión, que la mentada profesión de informar guarde con la política una prudente lejanía, pues es ese el único modo de evitar contaminaciones impropias. Los que miran las cosas de este modo suelen ser afectos a elaborar los llamados "códigos deontológicos" de la profesión, esto es, una suerte de estatutos éticos a los que deberían sujetar su actividad los periodistas profesionales. Estos plexos de normas orientadoras de la profesión se hallan, por lo general, atravesados por conceptos tales como imparcialidad, objetividad, secreto de las fuentes, respeto por el derecho de terceros, responsabilidad ética de los medios para con los ciudadanos, aporte del periodista a la sociedad y a la vida democrática, etcétera. Así, el Código Deontológico Europeo de la Profesión Periodística, aprobado en Estrasburgo el 1º de julio de 1993, prescribe, en su principio ético numerado 8 que "La información constituye un derecho fundamental reconocido como tal por el Convenio europeo de los derechos humanos y las constituciones democráticas, cuyo sujeto o titular son los ciudadanos, a quienes corresponde el derecho de exigir que la información que se da desde el periodismo se realice con veracidad en las noticias y honestidad en las opiniones sin injerencias exteriores, tanto de los poderes públicos como de los sectores privados".
Una variante de esta concepción nos viene a decir que entre periodismo y política, si bien deben existir razonables distancias, éstas no deben ser absolutas, al punto de interponer, entre ambas dimensiones de la praxis humana, un abismo de incomunicación. Por el contrario, el periodismo está interesado en la política y, más precisamente, lo está en estos términos: su función consiste en desafiar constantemente los límites del poder arbitrario, nos dicen. Curioso -aunque explicable- resulta que a tales ideas adscriban tanto personas de las llamadas hoy progresistas o de izquierda, o –en el hemisferio Norte- liberales, como individuos enrolados, de manera diáfana, en el programa de las derechas. Ejemplo de los primeros resulta ser el ya fallecido Hugo Young, redactor del Sunday Times londinense; de los segundos, el director adjunto del ABC madrileño, Eduardo San Martín. Ambos predicaban, en este punto, lo mismo. Ambos, el socialdemócrata y el monárquico, vivían obsedidos por el "poder arbitrario". Ellos fundaban (fundan) tal concepción de la relación periodismo-política en un concepto previo que obra a modo de premisa: parten de una puntual idea de "democracia". Y nos dicen que democracia es las elecciones … y las reglas; democracia es las elecciones … y los partidos; democracia es … las elecciones … y la alternancia en el poder. En suma: la democracia no consiste sólo en que un gobernante sea elegido por el pueblo, aun cuando lo haya sido por el 90 % de los votos. Son necesarias, además, las reglas. ¿Y cuáles son estas reglas? Estas reglas consisten en toda la normativa jurídica que regula un comicio y que es aplicada por la justicia electoral. Elecciones … y partidos. El plural, aquí, resulta sustantivo. Para que haya democracia debe haber partidos. Si en una realidad nacional se verifica una marcha hacia una construcción política única … no hay allí democracia. El partido único es incompatible con la democracia. Y la alternancia. Esto es, a la voluntad popular fragmentada en múltiples pedazos (pluripartidismo), se agrega su corolario: cada tanto tiempo debe haber no un cambio de políticas centrales pero sí, desde luego, un recambio de nombres y de partidos en la cúpula institucional de modo que la ilusión de que se está eligiendo sirva para legitimar tal "democracia". Lo ha dicho Lula con estas aladas palabras: "(la rotación en el poder) es educadora y construye la democracia. No existe nadie que sea insustituible". También Kirchner: "No quiero la reelección. ¿Quieren una mejor prueba de que no comparto el modelo de reelección perpetua de Chávez?".
Desde ya argüimos que semejante concepto de democracia (las elecciones, las reglas, los partidos y la alternancia) es falso por abstracto y formal. El demos (pueblo) toma las decisiones y eso es la democracia, con independencia de que haya uno o pocos partidos. Pero este es un punto a desarrollar en otro lado. Digamos ahora que aun cuando la democracia fuera lo que aquéllos dicen que es, ellos no van a buscar el "poder arbitrario" allí donde, con suma facilidad, podrían encontrarlo. Verbigracia: la "patriot act" constituye un avance escandaloso sobre la libertad y aun sobre la privacidad de los ciudadanos de los EE.UU. En este país un asesor del Presidente puede echar a nueve fiscales sólo porque éstos no comparten ciertas políticas públicas de la administración republicana. Y en el 2004 al candidato demócrata lo dejaron fuera de carrera con fraude legalizado por la propia Corte Suprema. A tal punto el poder en los EE.UU. se ha deslizado hacia la arbitrariedad manifiesta, que un intelectual nada de izquierda pero lúcido como Giorgio Agamben ha escrito que ese país vive en "Estado de excepción permanente". Para el jurista-filósofo italiano el Estado de excepción designa una situación en la cual el Ejecutivo avanza constantemente sobre facultades que, constitucionalmente, son del Parlamento. Sin embargo y malgrado la estentórea realidad que señalamos, los periodistas obsedidos por el "poder arbitrario" encuentran que éste existe en … Venezuela. También en Ecuador y en Bolivia, por cierto. Casualmente, estos modelos económico-sociales cuentan con Estados que disputan con el capital privado la renta petrolífera y gasífera a fin de que al Estado le resulte posible disponer de recursos para bajar los índices de desocupación y para desterrar eternas lacras sociales.
Lo dicho arriba comienza ya a mostrar qué tipo de relaciones se configuran, por imperio de los intereses del capital, entre periodismo y política.
*** Pero hay más. En un libro de reciente aparición, su autor nos regala, sin quererlo por cierto, un buen ejemplo de estas relaciones espurias. El 11 de septiembre de 2004, El País, diario de España, preparaba su edición con este título: "Atentado terrorista: 192 muertos". Sin embargo, la fórmula que ganó la calle fue: "Matanza de ETA en Madrid". El argumento para justificar la enmienda: una fuente "inobjetable" había llamado al diario para decir que la responsabilidad era de ETA. ¿Cuál era esta fuente inobjetable? El presidente Aznar (!!!). Sucede que este hombre (interesado, cuando faltaban pocos días para las elecciones, en que la opinión pública creyera en la autoría de los vascos y no del fundamentalismo islámico) se había comunicado con el director del diario para decirle que la ETA llevaba toda la culpa en el entuerto. Agrega el director que Aznar "hacía más de dos años que no me llamaba". Pues bien, si el presidente llama al director después de dos años de silencio y para decirle que fue la ETA y esto ocurre en medio de una campaña electoral, no queda más opción que darse cuenta de que esa "fuente inobjetable" de tal no tiene nada y que, en realidad, está "operando" al director del diario para que éste haga su aporte a la producción de una verdad funcional a los intereses del poder. Y a tal punto esto es así que, según el libro que estamos comentando, el propio editor de El País, el socialdemócrata Juan Luis Cebrián, tuvo que decir más adelante: "En las democracias que los marxistas llaman burguesas, el periodismo está asociado al aparato del poder". Tuvo que salir a decir la verdad, Cebrián. No obstante lo cual defendió la posición del diario con idéntico argumento, a despecho de la fragilidad del mismo: Aznar (aliado con Bush y Blair en la invasión a Irak) era inobjetable.
*** Hay otros variados ejemplos de las tan meneadas relaciones que, necesariamente, el periodismo establece con la política. Por caso, la dependencia del periodista de la empresa que edita el medio en el cual él escribe, llenaría un capítulo entero de esta temática. Una situación curiosa, en este sentido, tal vez llamativa por sus sedicentes vínculos con el tópico de la relación periodista-empresa, ocurrió en la Argentina en 2005. Durante el mes de agosto de ese año, apareció muerto el comisario Beauvais, que había sido jefe departamental de La Matanza. Con unanimidad, los medios de la Capital Federal tocaron el tema. Prensa escrita, televisión y radio no dejaron de analizar el hecho e, incluso, de consignar hipótesis y versiones acerca de las causas y autoría de esa muerte. Entre las primeras, el narcotráfico y el lavado de dinero no dejaron de aparecer. Es sabido que en la columna de los domingos del diario La Nación, el periodista Joaquín Morales analiza todos los temas relevantes de la semana. Pues en la semana de la aparición del cadáver de Beauvais el hombre no tocó el tema. Para Morales, ese domingo, Beauvais no existió, ni como vivo ni como muerto. El hecho es curioso y habilita la conjetura sobre las razones que tuvo el opinólogo hebdomadario para ignorar el hecho. Morales, en La Nación, no escribe sobre lo que le place sino sobre aquello a lo que sus editores dan luz verde para que vea la luz pública.
*** Por fin, el tema no se agota fácilmente, pero es preciso apuntar una breve referencia al tipo de defensa que se debe asumir a favor de un periodista. La pregunta que preside estos párrafos epilogales es la siguiente: ¿a quién debe defender un sindicato? La respuesta debe ser: un sindicato no puede hacer defensas corporativas. Esto significa que si un periodista tuviera hoy problemas judiciales por hacer la apología de Etchecolatz o de Posada Carriles … pues a ese periodista no hay que defenderlo. El ejemplo es un tanto académico, atento la repulsión generalizada que provocan los crímenes perpetrados por los dos terroristas mencionados. Pero podemos ser más sutiles en la enunciación de los ejemplos. Por caso, supongamos que ese periodista ha hecho, en el pasado, el panegírico de la dictadura de Onganía; digamos que ese periodista no llamó al dictador por su nombre sino que lo ensalzó diciendo que era el "caudillo" que la Argentina necesitaba; agreguemos, siguiendo con este ejemplo nada académico, que el hombre de prensa actuó como inspirador ideológico y asesor político de tal dictadura que, como se sabe, constituyó un acto preparatorio del terrorismo de Estado. Reiteramos, aquí, la pregunta: ¿debe el sindicato defender a esta clase de periodistas? Pregunta retórica, claro, pues es obvio que estamos diciendo que no, que ni el sindicato ni ningún colega debería defender a villanos de tal guisa. Pero es necesario –es más, es indispensable en el marco de la lucha ideológica que libran los pueblos contra el imperialismo y contra la dominación del capital- dotar de sólidos fundamentos teóricos a tal negativa. Y esos fundamentos teóricos no pueden sino surgir de la reflexión. Entonces, y para terminar esta nota editorial, decimos que las razones por las cuales no hay que acometer defensas corporativas son de dos tipos. La primera es política: al enemigo no se lo defiende. El enemigo sabe esto y no defiende a sus enemigos; pero sí intenta enseñar a sus enemigos que se debe defender al enemigo. Lo dice en nombre de la "objetividad". Hay una segunda razón que podríamos llamar -dada la ausencia casi total de teorizaciones sobre el tema- sociológico-jurídica. Se desarrolla del siguiente modo. Podemos comenzar estableciendo un símil con los delitos de lesa humanidad. ¿Por qué un delito de lesa humanidad es de lesa humanidad? ¿Qué es lo que lo convierte en tal y lo diferencia de los otros delitos, de los, digamos, delitos comunes. Respuesta: el delito de lesa humanidad violenta valores culturales y bienes jurídicos vigentes en todo el orbe y no sólo en el país donde fue cometido el crimen. Se trata de valores y bienes que ha hecho suyos toda la humanidad. Entonces, cuando un delito atroz se comete en cualquier parte del mundo, es el mundo el que queda disminuido, es la humanidad la que ha perdido (el retintín a John Donne es deliberado). Del mismo modo, la libertad y la igualdad son valores que importan a todos los hombres que habitan la Tierra. Y la libertad y la igualdad faltan allí donde el modo de organización de la sociedad fomenta la apropiación privada de la riqueza producida socialmente; y faltan también allí donde se permite el latrocinio de los recursos naturales, que constituyen propiedad soberana de la nación. Enrolarse en las filas de procesos sociales cuya apuesta estratégica es mitigar el dolor y el sufrimiento por la vía de la justicia social y de la educación y la salud para todos, procesos que –hay que señalarlo- son apoyados por los pueblos secularmente expoliados y robados (enrolarse, decimos, pero no acríticamente, por cierto) no significa, para el periodista que así lo hace, perder objetividad. Por el contrario, es comprometerse con una causa que interesa a toda la humanidad, pues la libertad y la igualdad no son valores caros sólo al pueblo de Venezuela, o de Bolivia, o de Ecuador, o de Cuba. Son bienes que, porque integran el acervo ético de toda la humanidad, deben ser defendidos por todos. Y aquellos que los atacan, es decir aquellos que legitiman, propician, encubren o promueven el derrocamiento violento de estos regímenes sociales (aun cuando lo hagan "sólo" con la péñola) podrán ser periodistas, pero trabajan para el enemigo de la casa común. Son, por ende, ellos mismos, enemigos. Y a los enemigos no se los defiende.
*** El capitalismo ha dejado de ser un sistema funcional a las necesidades materiales y espirituales de las masas del mundo. Constituyó un progreso histórico cuando irrumpió para desterrar al feudalismo, pero hoy está en su atardecer y amenaza con destruirnos a todos. Las administraciones norteamericanas (republicanas o demócratas) obedecerán, llegado el caso, a sus mandantes, que son las cien familias (incluida la corona británica) propietarias de los recursos y la riqueza de todo el orbe. Y la orden será que desaparezca el planeta si no pueden modelarlo en su beneficio, con sus privilegios intactos. El capitalismo está en su atardecer -repetimos- y amenaza con destruirnos a todos. Hay que pararlo. Los periodistas están llamados a jugar un gran papel en esta causa justa y digna, en la causa de la vida.
CRISIS; octubre/2007 |
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